El Perú (que) no existe
Fabio Venero Figueroa
Fotografía por Jeff Heimsath
Cuatro comunidades campesinas conforman el distrito de Quehue, en las soberbias alturas del Cusco. Cuatro ayllus que conforman una especie de unidad cultural, que están vinculados entre sí por ancestrales tradiciones que resisten —sí, resistencia es la palabra— no solo el paso implacable y la violencia del tiempo, como diría Miguel Gutiérrez, sino sobre todo el embate tácito, impersonal y sutil de la cultura del individualismo salvaje. Estas cuatro comunidades recientemente han cobrado una renovada fama universal gracias al que se vende como “el último puente inca”, el puente de q’eswa, o Q’eswachaka. Cada año, miles de campesinos quechuahablantes se dan cita en los bordes del abismo, a treinta metros por encima del portentoso río Apurímac, el dios hablador, para renovar el puente de paja, de treinta metros de largo.
Este año, ahorrémonos las trilladas explicaciones contextuales, la renovación del puente inca no se publicitó por radio, televisión o ninguna de esas extrañas plataformas de internet de que se sirven los comerciantes del turismo para explotar el potencial económico del Q’eswachaka, dicen los comuneros. Todo lo cual no impidió en absoluto que se realizara la renovación, pero envuelta esta vez en un halo de intimidad, de magia y de realismo que, cuentan los antiguos, hacía mucho tiempo que no se recreaba. Este año, los únicos testigos de la ceremonia sagrada fueron los gorriones silvestres, los pinos, las aguas rumorosas del Apu que reclaman un pago digno, las paredes rocosas de la divinidad arquitectónica. El puente, después de todo, dicen los antiguos, es una deidad en sí misma.
A las once y cuarto de la mañana, en el punto álgido del trabajo comunal, una bulliciosa comitiva de casacas rojas desciende con paso tambaleante por el sendero pétreo que surca la ladera del precipicio hasta el puente. No se trata de soldados británicos, sino de funcionarios del Gobierno Regional del Cusco, aunque la perversa tendencia hacia la colonialidad es un rasgo que ambos elementos tienen en común. La ruidosa, prepotente tropa de hombres altos, con gafas oscuras, blue jeans prietos y zapatillas deportivas, escoltan como un séquito marcial, armados con trípodes, drones y cámaras profesionales, a la figura blanquecina y cautelosa del gobernador regional, el acciopopulista Jean Paul Benavente, que desciende la ladera mirando el paisaje con curiosidad turística. Tras él, dos trabajadores del gobierno regional cargan una caja de cerveza Cusqueña cada uno.
El puente de Q’eswachaka, con siete siglos de antigüedad, debe ser la obra pública más antigua del continente americano con funcionamiento ininterrumpido. Cincuenta metros más arriba, la carretera que conecta al pueblo de Quehue con el edificio incaico, asfaltada hace poco menos de diez años, acumula en su superficie más cráteres que pavimento, y se dice con justicia que tiene más de trocha que de carretera. Los comuneros no dejan de advertir con ironía este significativo detalle, y no se cuidan de manifestar su descontento para con la máxima autoridad política de la región.
—Que vaya mejor a arreglar la carretera, foto, foto nomás se viene a sacar— exclama uno de los ayudantes de don Victoriano, el ingeniero inca del puente, que mira con escepticismo al funcionario. La ironía con que los altos técnicos indígenas mastican su coca, la forma en que observan de soslayo al gobernador, sin girar del todo sus rostros para enfrentarlo, como agobiados por haber sido interrumpidos en la hora más ardua de la faena; son mucho más elocuentes que cualquier palabra que pudieran decir, en quechua o castellano.
La visita del funcionario adolece de todos los defectos y fealdades con que los funcionarios en cualquier república liberal del mundo suelen adornar sus ceremoniosas apariciones públicas. Su baño de popularidad, que en realidad es un baño de escarnio e ironía popular, alcanza por momentos grados insoportables de patetismo y huachafería. La autoridad pide permiso a la mesa sagrada y al paqo (sacerdote andino), que asiente con condescendencia, y se encomienda a los Apus protectores, tal como sospecha que hacen ellos.
—Lo que hacen por una foto —comenta con media sonrisa un joven que está de pie a mi lado, con los brazos cruzados, espiando con los ojos entornados al gobernador. Se llama Avelino Huaraca, tiene 23 años y es natural de la comunidad de Huinchiri.
La ofrenda del par de cajas de cerveza le ha abierto al gobernador las puertas de la comunidad, que consiente en que escuchar el discurso altisonante del economista cusqueño es un sacrificio que vale la pena realizar por el traguito que, sin embargo, apenas alcanzará a medio vaso para cada uno de los más de cien trabajadores.
—Antes de estos cojudos, Q’eswachaka era una reunión auténtica de los k’anas —masculla en quechua un anciano encorvado bajo el peso de todos sus años, que mastica su coca de espaldas a los fachendosos hombres de Estado que han tenido el cuajo de subirse encima de las paredes de las plataformas de piedra que sostienen el puente, pisoteándolas, para discursear. Los comuneros a su alrededor se ríen o sonríen al oír estas palabras, pero uno de los jaladores se da la vuelta, arquea las cejas bajo la sombra del ala de su sombrero blanco, y lo increpa.
—Tonteras hablas, tío —replica también en quechua este hombre—. Los que lo han jodido al puente no son del gobierno regional, sino del Ministerio de Cultura.
Algunos comuneros niegan entonces la cabeza con medias sonrisas, otros afirman enérgicamente.
—Hace tiempo, las cuatro comunidades se juntaban una vez al año por su propia voluntad, se ponían de acuerdo y levantaban el puente. Los braceros los armaba la gente de Ccollana Quehue y Huinchiri, las barandas las tejían los de Chaupibanda, y el piso lo confeccionaba la comunidad de Choccayhua —se acomide a explicarme, en su medio castellano, Avelino, que se ha percatado de mi desconcierto.
—Pero desde que ha venido el Ministerio de Cultura, se lo han agarrado a Q’eswachaka con uñas y dientes —el comunero prosigue y se abraza los hombros con fuerza e inclina la cabeza con los ojos cerrados—, y ha metido un montón de plata con el pretexto de que “para que no se pierda la tradición”, diciendo.
El hombre hace un silencio significativo y mira a su alrededor, como para medir el efecto de sus palabras.
—¡Brum! —exclama, extendiendo su mano como una lanza, estocando el aire, y sonríe a todos al mismo tiempo—. La manzana de la discordia. ¡Sí o no, compañeros!
Los hombres a su alrededor bajan la cabeza o desvían la mirada, en sus bocas la coca verde se revuelve con incomodidad o impaciencia.
—Antes bajaba a la faena cada cual por su iniciativa propia, porque era la obligación para con los Apus. Ahora, desde que ha venido el Ministerio de Cultura, bajan por la plata nomás —acaba de decir el anciano encorvado, golpeando con su bastón los cimientos incaicos del puente, como reprochándole.
—Lo peor es que, desde que el ministerio suelta plata, lejos de incentivar la participación, se ha incentivado la competencia malsana entre las comunidades. Huinchiri dice que ellos son los que trabajan más, que son su pueblo al que pertenecen los ingenieros incas, y que por ende a ellos les corresponde la mayor cantidad de plata del presupuesto. Ccollana Quehue dice que ellos también saben hacer el puente, que los de Huinchiri no son los únicos, y que además en Quehue está la capital del distrito, por lo que les corresponde a ellos más billete.
—Hace dos años, por causa de las disputas, casi no hay Q’eswachaka —reflexiona el señor Anacleto Huallpa, al otro lado de Avelino, con los ojos risueños puestos sobre el río—. Pero, al final, la plata pudo más y lograron congeniar, aunque de mala gana nomás, como quien hace un trabajo pesado y molesto por cobrar la paga, y no porque le guste hacerlo.
—¿Usted cree que el Apu no se resiente de todo eso, papacito? —me pregunta directamente a mí el comunero que ha iniciado el debate, dándose cuenta de que lo sigo con total atención. En el fondo, el gobernador regional repite tradición, presupuesto, patrimonio y otras palabras altisonantes—. Se resiente pues, lindito.
—El gobierno regional la misma cosa es —arremete de nuevo el anciano, sin importarle que los fotógrafos relucientes y respingados, con sus aparatos modernos echados como carabinas al hombro, apuntando directo al gobernador parlanchín; han empezado a mirarlo de reojo con ese aire de desprecio tácito con que las personas de la ciudad observan a las del campo cuando estas empiezan a opinar de política en lugar de hacer lo que se supone que deberían, en este caso, tejer calladitos el puente prehispánico, o bien arriar el ganado, cultivar la chacra o bajar la cabeza frente al funcionario—. Todos del gobierno la misma cosa es —exclama—. ¡Que se vaya a hacer la carretera, mejor!
Alrededor de los comuneros, los fotógrafos se revuelven con muda indignación. Malcriados son estos, ¿no?, murmullan con desdén. Encima que uno viene para favorecer el turismo, encima que venimos hasta acá para conocer su puente, encima lo tratan así a uno; comentan con desprecio.
—Es igual que con las elecciones —reflexiona a mi lado el apuesto joven Avelino, que tuerce una mueca de disgusto bajo su recio sombrero caneño—. ¿Has escuchado lo que ha dicho la China de lo que hemos apoyado al profesor Castillo? Que es imposible que ella haya sacado 3% nomás en Chumbivilcas, diciendo. Más bien a mí me parece que es demasiado voto para que haya sacado la hija del Fujimori en una provincia altiva como esta.
—El único camino para lograr el verdadero cambio —interviene con aires de suficiencia, en castellano, el hijo de don Anacleto Huallpa, que estudia educación en la Universidad— es el de la organización, el de la colectivación, compañeros.
—Ama marxismomanta rimaykiwaychu, yau (a mí no me hables de marxismo, oye tú) —exclama con disgusto el anciano, amenazando con su bastón al universitario—. Ya me lo sé todito. Nosotros hemos apoyado desde Toledo, Ollanta, ahora Castillo. Siempre el mismo cuento. Pero ¿qué más podemos hacer? Dicen que odiamos a la China, piden que votemos por amor al Perú. ¿Dónde quedamos nosotros en el Perú? Es esa China la que odia al Perú, no nosotros.
El gobernador regional continúa hablando, bastante cerca de nosotros, de la importancia de preservar las tradiciones. Los hombres más duros de la comunidad tuercen una sonrisa y asienten de mala gana, como quien dice qué sabes tú lo que pesa a veces la tradición. Los comuneros continúan discutiendo, uno de ellos le exige a una fotógrafa de prensa, que está bajando por la pendiente hacia el puente, que no se acerque, que se retire. La presencia de las mujeres está prohibida en el momento de la construcción del puente. Su tarea es la de q’eswar o trenzar las pajas de q’oya, cincuenta metros por encima de los hombres, fabricando con la consistencia y medida exactas las soguillas vegetales que son el único material del que está hecho el puente, que no lleva ni un clavo en su estructura. A todas luces, aquella se trata de una tarea discretamente mucho más importante y esencial que la de los hombres.
No puedo evitar pensar que si a los antropólogos del Ministerio de Cultura les hubiéramos yapeado dos soles de decolonialidad, tal vez hubieran pensado en una forma menos vulgar o mercantil o predecible de incentivar la participación comunal en la renovación anual del puente. Si Keiko Fujimori no hubiera necesitado de un pretexto desesperado para revertir el triunfo inminente de su contrincante en estas desgraciadas elecciones, Jaime de Althaus no hubiera tenido que desconocer ese 97% de apoyo a Pedro Castillo en Chumbivilcas. Cuánto descaro, cuánta ignorancia se requieren para cuestionar esta tendencia en una región que es “roja por naturaleza”, como textualmente han dicho a lo largo de toda la faena los líderes de la comunidad. ¿Hay alguien que esté más autorizado para hablar “del Perú” que ellos? Al lado de Chumbivilcas, en la provincia de Canas, el hogar de las cuatro comunidades herederas de la última obra pública incaica, el profesor obtuvo un 95.6% de respaldo de acuerdo a la ONPE; mientras que en Quehue, la capital del distrito, obtuvo un contundente 96%.
El gobernador regional finalmente se retira, allá arriba le espera un suculento almuerzo de cuy al horno que la sobonería y el tinterillaje del gobierno regional ha mandado preparar para él con anticipación, vía telefónica, desde el Cusco. Los comuneros han consentido que se tome las fotos que necesita para mantener a flote su imagen política, y han suspirado de alivio cuando ha decidido por fin marcharse, luego de pronunciar un discurso vacío que nadie ha entendido o nadie ha querido entender bien. Siempre es lo mismo, añade Avelino a mi lado, mientras nos preparamos para volver a jalar, con todas nuestras fuerzas, en fila india las sogas del puente hasta que queden adecuadamente tensas. Vienen un ratito para la foto, luego se van. Vienen, dejan su trago, hablan unas palabritas de progreso y se van. Nuestro pueblo para ellos es el Q’eswachaka nomás, fuera de eso no existimos, no tenemos hambre, no queremos educarnos. ¿Qué cosa somos nosotros para el Perú, fuera de este nuestro puentecito que ya no sirve para nada más que para que gringo venga a sacarse foto?
Escribe Fabio Venero Figueroa, antropólogo por la UNMSM y estudiante de Historia en la PUCP