La sanación y la lucha son parte de lo personal, político y colectivo
Claudia Aragón
Ilustración por Joaquín Guevara
La historicidad de las mujeres es importante para plantearnos una nueva mirada hacia nuestras existencias como importantes referentes de lucha y autonomía sobre nuestras cuerpas, libertades y transcendencia. Muchas veces hemos creado, vivido e interactuado desde el dolor, la rabia y la desesperanza de entender que estamos destinadas a vivir como seres limitados, carentes de pasado y con la imposibilidad de decidir sobre nosotras mismas. Asumiendo el supuesto mandato divino de que somos “buenas mujeres” se nos impone la idea de ser y comportarnos de determinada manera, si evaluamos y accionamos frente a la posibilidad de ser reproductoras de humanos para servir al engranaje de producción capitalista creado desde el sistema heteropatriarcal, que nos objetiviza, nos encierra y obliga a no entender ni explorar nuestra corporalidad, ni nuestra existencia como importantes, valiosas y con un sentido de trascendencia hacia nuestra libertad de elección y autonomía; frente a la realidad estructural de que el hombre se permite crear y destruir con libertad y total impunidad lo que quiera, recibir un reconocimiento sin tener que luchar y cuestionar su existencia asumiéndose una persona cisgénero por la simple y biológica razón de tener un pene que le permite transcender.
Todo este sistema resulta aberrante, incómodo y repulsivo para todas las mujeres que nos entendemos como tal, quienes nos dimos cuenta en el proceso por hechos dolorosos como pérdidas, desapariciones, diagnósticos, etc., de la existencia de interseccionalidades que nos transitan. Además de identificar las deficiencias de este sistema en cada uno de los territorios en los cuales nacemos y vivimos. Todo esto merma y perfora nuestra salud mental, física y energética, nos debilita y nos hace sentir insatisfechas frente a nuestro ser mujer, asimismo, comprender que la lucha y sanación son un espacio personal, pero también comunitario.
Somos consideradas como la otredad, entes inertes totalmente invisibles y apolíticos, sin propia consciencia de nuestra existencia, quienes durante mucho tiempo le hemos pertenecido a un patrón, un amo o a una institución que decide sobre nuestras cuerpas reforzando así la estructura social de los roles de género y el “deber ser” como cuerpas femeninas o socialmente feminizadas con poca capacidad para alterar la naturaleza y estructura social, donde se nos mira como seres sumisos, inferiores, sin posibilidad a manifestar nuestras emociones en total libertad de lo contrario, somos consideradas como poco racionales, histéricas, renegadas o estamos “en esos días”, todo esto será utilizado por el patriarcado para hacernos sentir menos y violentarnos física y mentalmente.
La manera de llegar a ver que nacemos, crecemos y vivimos en una sociedad nociva y destructiva con una estructura patriarcal y misógina para las mujeres, llega de diferentes formas para romper con todo lo que creíamos seguro, amable y respetuoso para nuestras corporalidades.
“La vida no es fácil, mucho menos para las mujeres y niñas, pero es más fácil si la vamos enfrentando, si nos vamos atreviendo, si vamos rompiendo eslabones y estereotipos”. Esto se liga a la idea de que lo “personal es político y comunitario” ya que puede ser un motor de cuestionamiento y reestructuración de nuestro propio ser evidenciando y reconociendo fortalezas, pensamientos y habilidades que nunca nos habíamos planteado como propias y cercanas a nuestra realidad de mujeres. A partir de estos sucesos movilizadores podemos entender que en nuestra cuerpa reside una fuerza importante que puede ser compartida en otros espacios no solo de cuidado y maternidad, sino de exploración y subversión política, social y personal, rompiendo con el silencio y con las formas que se nos fueron instauradas como lo es el rol de ser mujer.
Como lo propone Alejandra Kollantai, la situación de las mujeres en la sociedad capitalista parte de tres ámbitos distintos: el trabajo, la familia y el mundo personal, siendo este último el más importante porque permite plantear, identificar y cuestionar cómo son nuestras relaciones a niveles tal como el sexual y afectivo, no solo se restringen a lo privado, sino que son parte de nuestra lucha personal y comunitaria, determinando que lo “personal es político”.
Reconociendo que nuestra enunciación como sujetas políticas es nutrida por lo sucedido en el ámbito personal y privado, termina convirtiéndose en acciones políticas, éstas a su vez en una forma de vida, lucha y resistencia ante este sistema en el que las mujeres debemos tomar la liberación, educación e independencia por nuestras propias manos. Nuestro ser político nos lleva a tener ciertas acciones para nuestra comunidad donde ofrecemos nuestro rostro, testimonio y la historia del proceso de asumirnos como mujeres marrones, casadas, migrantes, sobrevivientes de violencia sexual, económica y/o identificar que habitamos distintos tipos de violencias estructurales hacia nosotras, esto con la finalidad de que otras mujeres se enteren de una realidad muy presente en su país y en distintos territorios de Abya Yala y el mundo.
El matrimonio es una de las estructuras de opresión, una cárcel que a veces no es elegida en libertad por muchas mujeres que se ve sostenida por una estructura política social y de derecho, sumado a la iglesia, donde las mujeres asumen un rol de ser las otras y están sujetas a la crianza, cuidado, reproducción y trabajo doméstico. Limitadas a cumplir cierto papel estructurado por esta sociedad heteropatriarcal donde ellas no tienen ninguna posibilidad de transcendencia y libertad, su única finalidad es poner la cuerpa para la reproducción de la especie, puesto que nuestra existencia parece estar más ligada únicamente a la naturaleza y a lo místico de la gestación es donde se nos niega ser sujetas porque no somos racionales y estamos destinadas a una inmanencia, ya que nuestro accionar está ligado a una estructura de amo y esclavo donde nosotras ocupamos el segundo rol, como lo formuló Simone de Beauvoir en su libro El segundo sexo.
Esta sociedad patriarcal sigue albergando e impulsando la idea de que una “buena mujer” es la que une a la familia y soporta todo lo que su marido le hace en post a la estructura y unión de su estirpe, si decide actuar de otra manera será señalada por la sociedad. Muchas veces esto hace que las mujeres tomemos la decisión de dejar a nuestros agresores muy tarde o nunca, esta es una dinámica repetitiva en muchos territorios, por lo tanto, se ve enlazada con el termino heterodesignación, el cual nace a partir de la creencia de que la identidad es elaborada e impuesta por otros seres ajenos a nuestras vivencias y género, en el caso de las mujeres todo es designado por los hombres como lo sugiere Betty Friedan.
El sistema opresor invisibiliza el pensamiento, las prácticas de autocuidado y sexuales de las mujeres, pues les dicta cómo deben ser y cuál es el acceso que tienen a la educación, salud y decisión, según sus territorios en interacción a las políticas públicas y a la iglesia. La aproximación de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres es una legalidad a la cual todas debemos acceder para no vivir en la desinformación sobre métodos anticonceptivos, enfermedades y libre elección sobre nuestras cuerpas. En este sentido, es importante ratificar la idea de que “nuestro cuerpo no le pertenece ni a la iglesia, ni al estado, ni al marido” solo a nosotras mismas.
Las labores de cuidado que es determinado por la socialización de nuestras cuerpas, reducen muchas veces la experiencia de la feminidad a cuidar, sostener y no desarrollar algún objetivo personal de transcendencia en nuestras vidas, por lo que muchas mujeres, después de separarse y elegir ser ellas mismas tienen que lidiar con la discriminación y el estigma, de ahí que realicen cualquier trabajo para poder cumplir con su rol de madre. Hacerse cargo de sus hijos y de ellas mismas, sin la posibilidad de tener una mejor remuneración y oportunidades porque el sistema machista no nos deja acceder a otras formas para el desarrollo de nuestras potencialidades, todo lo expuesto anteriormente es una clara consecuencia de que vivimos sujetas a esta estructura de opresión.
La percepción de nuestra existencia cambia mucho desde cómo nos enunciamos y formamos parte de una estructura social que está predeterminada a silenciarnos y humillarnos, hasta hacernos creer que todo lo que nos pasa es por nuestra culpa. Precisamente, en el ámbito personal afectivo y familiar es donde más nos hacen pensar que todo es nuestra responsabilidad, cuando en realidad todo es parte de un sistema opresor que se limita a vernos como cuidadoras, reproductoras y servidoras de una estructura familiar, este sistema tiene la gran imposibilidad de considerar las relaciones basadas en la equidad, donde el trabajo doméstico no sea destinado a una sola persona en la familia, la mujer; que la educación sexual y el disfrute sea responsabilidad de ambos en post de su bienestar y crecimiento.
Los procesos de darnos cuenta son movilizadores y nos ayudan a reconocer nuestra ira, miedo y rabia a partir de lo que vivimos en carne propia por ser parte de este sistema que violenta sistemáticamente a las mujeres en especial por sus esposos, compañeros y/o novios, todo este reconocimiento a nuestra propia existencia también nos ayudó a abrazar nuestras fortalezas, reencontrarnos y perdonarnos a nosotras mismas.
La sanación y la lucha es personal, pero también colectiva, es ahí donde nos permitimos sentir conexión con otras historias importantes y valiosas como la de nuestras ancestras, madres y amigas que han sido estructuralmente silenciadas y apartadas para seguir reforzando la idea de que estamos separadas y somos débiles, cuando en realidad ya no estamos solas y somos más fuertes que antes luchando, escribiendo y dando el testimonio de nuestras propias vidas como armas de destrucción al sistema machista, misógino y heteropatriarcal.
Es importante escuchar, historizar y validar la vida y existencia de nuestras ancestras, compañeras y compañeres, así como la propia, porque es la única forma que tenemos de desarticular este sistema, acceder a la libertar y a la trascendencia de nuestro ser DESIDENTE LGTBQIA+ y ser nuestro ser MUJER.