Sobre la mentira en el sentido de la praxis política
Julliver Serna
Ilustraación por @7borreguitos
Un incidente con unas velas y globos en un hotel privado en compañía de una señorita; una vacunación clandestina dentro de palacio; otra vacunación en los estados unidos en un viaje intempestivo; la afirmación de ser un mantenido por la esposa; los excesos de alcohol de un expresidente; una negación de paternidad, etc. Son algunos hechos que dan muestra de cómo, la sensibilidad ciudadana y periodística, califican el correcto proceder de nuestros políticos peruanos; calificación que invade sus ámbitos privados e íntimos, como si, la infidelidad, la bohemia o la mentira por una vacuna, fueran el antecedente de un corrupto en potencia. Dura pepita que los políticos se tienen que tragar para intentar alcanzar algún cargo público, ceder la privacidad e intimidad de sus vidas ante el anhelo de un sillón señorial de poder. ¿Quién es capaz de ello?, ni ustedes ni yo de seguro. Mis borracheras son mías, mis mentiras, mis deslices amorosos, mis incapacidades y mis problemas psicológicos también. La dura pepita que se tragan los políticos, el sacrificio de su intimidad, solo admite como causa dos posibilidades: ascetismo o cinismo.
En historia de la sexualidad II, el uso de los placeres, Michel Foucault nos comenta que, en la época griega, la templanza, principal valor que indicaba la catadura tanto moral como ética de un ciudadano, era el emblema o rango necesario para que una persona pueda postular a un cargo político. Si cuidas tu cuerpo en correcta sintonía con los placeres, podrás también cuidar tu hogar (tu casa, esposa e hijos) y por consiguiente ser un buen gobernante de tu ciudad. E aquí según este razonamiento, la genealogía y semilla del “buen gobernador”: la correcta gestión del cuerpo respecto de los placeres que le invocan. Según esta lógica, gobernar mi cuerpo (espacio intimo) es el antecedente necesario para gobernar mi ciudad (espacio público). Y esto tomando en cuenta que en dicha época eran clima cotidiano, los grandes bufetes, las festividades dionisiacas (grandes y pequeñas), la sodomía, la prostitución, etc. Practicas jamás prohibidas, pero si, reguladas por la templanza, el temple de ánimo.
Recurro a los griegos mediante Foucault, para estructurar mejor mi argumento. Si los políticos (teniendo buena fe de ellos) son grandes altruistas que sacrifican su intimidad en favor del bien público, mercería ello el más alto de los respetos (con ello tendríamos a la figura del esceta político). Sin embargo, si los políticos son, como yo creo que son y por desgracia, personas por necesidad nutritiva mentirosas, y que para mantener con buena pinta su ámbito privado recurren a la mentira a la cual denominan “estratégica”; aquella que te salva de las circunstancias, y la cual mientras la pronuncias va dejando un rastro de culpa en el interior, pues sabes que la realidad es todo lo contrario de lo que dices - ¡no estuve en aquel lugar! -. Si dicha mentira es el hábito o entrenamiento al que el político se tiene que entregar (de buena o mala gana) para poder alcanzar algún cargo, rápidamente aquello que era “solo estratégico” se convertirá en cotidiano y tiempo después incluso en placentero. Y comenzará a aparecer un halo de satisfacción tanto en la transgresión como en la misma mentira que la encubre, y que, como todo placer inundará la subjetividad de la persona, a tal punto que, la culpa y la vergüenza que anidaban en el acto de mentir y transgredir, darán paso a un hedonismo estructural, siendo el cínico, la figura consolidada de este proceder. Pues esta figura, puede mentir de la manera más arrolladora, sabiendo de su proceder corrupto puede tildar a todos sus contrincantes de corruptos, puede hacer un llamado a la consciencia a las personas, impartir mítines que son casi como cátedras de moralidad y anticorrupción. El cínico es un artista de la mentira, desprovisto de culpa y vergüenza, hace poesía de lo inauténtico. Dentro de las coordenadas griegas, el cínico es el equivalente al falto de templanza, el que ha encontrado vicio y gula en la mentira y en la transgresión, por ello mismo despreciado por la sociedad, nunca podrá ejercer cargo público alguno. Es como aquellas rameras de poca índole, reptando entre las callejuelas de la polis griega, ofrecen sus servicios indiscriminadamente y por pocas monedas, gonorreicas siguen trabajando embaucando a sus clientes con un servicio que no solo los contamina biológicamente sino que los devalúa socialmente (el que solicita los servicios de estas mujeres también es un intemplado). Por otro lado, está la hetaira, cortesana de alcurnia, intelectual y poetiza, de buen gusto por las artes, los gestos, las pasiones y por su puesto por el sexo; no cualquiera será su compañero de sabanas, no por cualquier precio, no en cualquier momento ni en cualquier lugar. De un modo un tanto ligero permítanme hacer la siguiente analogía, la meretriz intemplada es al cínico(a) tanto como la hetaira templada es al que miente solo circunstancialmente y con carga de culpa y vergüenza. Templar la mentira sería una ética del buen vivir. La política contemporánea está en el polo opuesto, en el lugar de no solo, vivir la mentira, sino de pretender hacernos creer que el político es intachable, el que nunca miente. Peculiar contradicción. La boca del político contemporáneo sería el muladar de las rameras griegas.
Si la mentira es para la ciudadanía reducto de un truhan contumaz (transgrede y miente para cubrir la transgresión, luego se arrepiente siente culpa tratando de enmendarse, pero poco tiempo después vuelve a transgredir y mentir); la mentira para el político contemporáneo, es sistémica: no un reducto más bien un hogar. Una experiencia de comodidad y familiarización brotan de ella, simplemente es su hábitat.
Claro que siempre podemos encontrar excepciones a la regla, y definitivamente también podemos encontrar matices entre las mentiras de nuestros políticos. Aunque tengo que admitir que, de todos, me causa particular turbación la frígida y siniestra sonrisa de la señora Keiko, su pasado terrorífico en compañía de dos nigromantes de la mentira (montesinos y su padre Alberto), la venganza que la llevo, mediante sus congresistas, a desbaratar el gobierno que la derroto en las urnas. Tal vez la señora Keiko sea tan solo el blasón de aquello que podríamos llamar “los políticos peruanos”: mentirosos hasta el tuétano, como se decía hasta hace algunas décadas en mi ciudad.